Aunque seguimos en el barco y seguimos en Lagos, no hay ninguna navegación que contaros. Con el barco amarrado en su pantalán, no nos preocupa el viento, su dirección ni su intensidad. Las mareas, tres cuartos de lo mismo. Así que no hay mucho que contar. De todas formas, unas líneas no vienen mal. No podemos ni debemos estar todo el día en el bar (aunque al patrón no le importaría). También, este año, y aunque comentarios no hay muchos, y gracias al contador de visitas instalado por Manu, vemos que si nos leéis.
El sábado vinieron en coche desde Sevilla, Manu, Juan y la abuela Inés (que se apunta a todas, y hace bien). Ya que teníamos coche, y aprovechando que lo tenemos tan cerca, nos dimos un salto a Cabo San Vicente. Nuestro “Finisterre” del sur de la península. Seguramente la mayoría ya lo conocéis y seguro que coincidís con nosotros al afirmar que es realmente sobrecogedor. Para los que no, ponemos alguna foto. Pasando Sagres el paisaje se vuelve soso, sin árboles y ya en esta época del año, todo amarillo y realmente monótono. Pero una vez allí todo cambia. Son verdaderamente impresionantes esos acantilados. Uno comprende que antiguamente pensaran que el mundo terminaba en el horizonte.
A la vuelta, en Lagos, comimos en una especie de chiringuito donde la mayor parte de la clientela es portuguesa, y por lo tanto prácticamente no hay ingleses. Cutrecillo, pero a la tripulación le gusta. Al salir del chiringuito, el patrón vio a su amigo Luis (el catalán del barco dejaillo que venía de cruzar el Atlántico en solitario), repostando combustible y que zarpaba rumbo Cádiz solo y con un viento que ponía los pelos de punta (al que los tenga, claro) ¡Que joio! Cuando soltó amarras y enfilaba la dársena, el patrón, encalomado en lo alto de un banco, le pegó un chiflido diciéndole adiós. El catalán saludo de forma indiferente. Pero cuando el patrón se quitó la gorra para decirle adiós de nuevo, aquel lo conoció y empezó a dar saltos en el barco ¡Adiós, Manuel, gracias por todo! ¡Que lo paséis bien!. Quizás no se vuelvan a ver, quizás se crucen en alguna travesía o quizás se encuentren en alguna taberna de algún puerto. Sabe Dios.
Por la tarde, Manu, Juan y el patrón, fueron a la playa un rato y la abuela y la primera oficial se quedaron charlando en la bañera del barco, a la sombrita.
Para cenar, en el barco, unas asquerosas y caras pizzas de Pizza Hut que fueron a buscar los dos calafates. Pero bien. Todo muy agradable, y por supuesto, regado con unos botellines de cerveza helados que el patrón se había encargado de estibar la tarde de antes en el magnífico (pequeño, pero magnífico) frigo del barco.
El domingo por la mañana, después de desayunar en el puerto, la visita, que no se quiere hacer pesada y para evitar problemas de tráfico, deciden que se van. La tripulación, aprovechando el medio de transporte, deciden también que se van con ellos hasta Faro, con idea de volverse después en tren.
Faro, bien. Al ser domingo, todo demasiado tranquilo. El centro es bonito pero ya os decimos, todo demasiado tranquilo. Nada, paseíto, alguna foto, caneca en terracita de un pequeño puerto y la tripulación decide ir tirando para la estación de tren con idea de ir a conocer un pueblecito llamado Silves. Unas cuatro millas al norte (perdón, que estamos en tierra). Unos ocho kilómetros mas p’arriba.
El tren la leche. Pero la leche. Portugal profundo, pero profundo profundo. Pensamos que en España, en los años setenta, los trenes no eran tan cutres. Pero cutre, cutre… Había de todo, incluso algún inglés que otro. Payos, gitanos, negros, mulatos… De todo. Incluso mierda. Bastante. Todas las ventanas abiertas, el cartelito de prohibido tirar objetos (¡en España las ventanas de los trenes no se pueden bajar! ¡tienen aire acondicionado!) Pero bueno, bien, nos llevó a Silves. Bajamos del tren y ahora resulta que el pueblo está a unos dos kilómetros de la estación. Nos lo cuenta una chica (Ana) a la que preguntamos donde podemos coger un taxi y nos dice que nada, que andandito y que nos acompaña. Muy simpática, y ya por el camino nos va recomendando sitios donde comer. Nos recomienda una pizzería donde ponen platos típicos portugueses ¿?. Quazy, así se llama. Pero comemos de lujo. “Misto de porco do Alentejo” O sea, parrillada de cerdo ibérico. Del quince. Canecas, vino, postre … El pueblo es realmente bonito. Con su centro histórico rodeado de unas murallas árabes muy bien conservadas. Totalmente recomendable (incluso en tren)
Volvemos a la estación en taxi. Cuatro euros. Hablamos con el taxista de la crisis, que si esto, que si lo otro … La estación cerrada. No hay taquillas, ni bar, ni servicios ni nada. Solos con otra pareja de ingleses (vaya). Son mayores y el patrón les ofrece el banco donde estamos sentados (como con Gibraltar), pero dicen que no. Solo faltan los matorrales rodando por el suelo empujados por el viento y la musiquita de un “Espagueti Western”. En esto que aparecen en escena dos gitanas. Madre e hija. La madre muy arregladita, de unos sesenta años. La hija, menos arregladita, y con un solo diente. Una paletilla que se le ve cuando sonríe. Como para los ingleses no se iban a ir, pues se van para el patrón. A las gitanas les asalta la misma duda que al patrón: hay una sola vía que se divide en dos justo al llegar a la estación, para después volver a ser vía única. No sabemos si el tren coge la bifurcación (con lo que nos podemos subir sin problema desde donde estamos) o continua por su vía (y en este caso tenemos que cruzar rápidamente al otro lado). Los dos (la gitana y el patrón) comentan que la parada del tren es realmente corta. Cuando nos bajamos, no nos dio tiempo a cruzar hasta que este se había ido, y es por este motivo que el patrón sostiene que el tren nos dejó en la otra vía y que ahora habrá que cruzar.
17:58 El tren debe llegar, según el horario expuesto en el tablón de anuncios a las 17:59. Pues nada todos en fila, preparados en el paso para cruzar las vías, cuando viéramos si el tren cogía una vía o la otra. El patrón, la primera oficial, la gitana madre, la gitana del diente, y los dos ingleses que se han quedado con la copla y no quieren perder el tren. Efectivamente, y como mantenía el patrón en su conversación con la gitana, el tren sigue por su vía, con lo que hay que cruzar. Al grito de ¡vamos! Todos a cruzar corriendo. El cabrón del maquinista que ve toda la fila corriendo delante de sus narices, nos mete un pitorrazo, que hace que todos estemos al otro lado en cuestión de dos segundos. Otros dos segundos de parada, subimos en orden inverso, y el tren sale.
Llegamos a Lagos. Nos habíamos planteado la posibilidad de ir un día a Lisboa en Tren. Pero visto lo visto, a Lisboa va a ir el tato.
Saludos para todos.